II – Domingo 26


Domingo 26

 

Dragon-Rojo-relieve

Como pronosticaba la chica del tiempo la noche anterior, Madrid amaneció nevado. Había nieve en los tejados de los edificios que veía a través de la ventana que ya goteaban a causa del deshielo. Decidí asomarme al balcón con la esperanza de ver las calles nevadas, blancas como las postales navideñas, aunque fuera febrero, pero sólo quedaba nieve sobre algunos coches y me acordé de la ciudad que había dejado la mañana anterior. No dejaba de comparar Santa Cruz con Madrid. Son tan diferentes. Una, la que dejé, con la soledad que deja el caos, la otra con la esperanza que deja una noche de nevadas. Las escarchas había barrido de la atmósfera ese tono gris blanquecino dando paso a un cielo azul y brillante. Hacía mucho tiempo que no veía un cielo de invierno igual en una gran ciudad.

El ascensor, que el día anterior me parecía romántico por su puerta de hierro, que si olvidan cerrarla no se mueve, ya había perdido su encanto. Alguien había dejado el trozo de hierro oxidado, que hacía de puerta, abierta. Así que tuve que bajar las cuatro plantas por las escaleras para llegar a la cafetería. Cuando pasé por la primera vi que había sido allí donde alguien no tuve el cuidado de cerrarla y la cerré.

El desayuno no era especial: un poco de jamón, queso, dos tipos de pan y algo de fruta. Para beber, zumo de naranja y café (leo las frases anteriores y parece que es esto lo que he tomado en el desayuno y debo aclarar que no, era esto lo único que, literalmente, ofrecía el hotel a sus huéspedes). Como cabría esperar la cafetería era pequeña y con pocas mesas. El buffet estaba en un hueco mínimo incrustado en la pared contigua a la entrada. ¿Sería por el espacio que el desayuno era tan pobre? Apenas probé unos trozos de piña de lata, un zumo de naranja y un café, una vez más, con leche fría. Parecía que algún tipo de maldición había caído sobre mis cafés con leche que tanto me gustan a primera hora.

Meterme en el ascensor con la maleta ya era un suplicio y no me hacía gracia. El hotel para costar lo que costó (alrededor de los 79 euros) tendría que ofrecer mucho más. Tampoco era muy exigente, un poco de leche caliente, la habitación un poco más grande y almohadas más altas que estas parecían tortillas o tortas más bien. Así el hotel estaría mucho mejor. De esta manera el ascensor dejaría de ser un incordio y se transformaría en algo anecdótico para recordar, al igual que el desayuno

El aeropuerto de Madrid parece que mientras más lo construyen y lo hacen mayor, no sólo puede albergar más millones de pasajeros, sino también más millones de problemas. Para pasar el control de pasaporte estuvimos más de media hora en cola. Algo que antes de la remodelación era rápido ahora se había transformado en un suplicio. Únicamente dos policías controlaban el pasaporte de toda la Terminal 1. Debo decir, para los que no conocen Barajas, que la Terminal 1 es sólo para los vuelos internacionales no europeos, por lo que se convierten en vuelos transoceánicos y transcontinentales. Esto quiere decir que son aviones grandes y que llevan como mínimo doscientos cuarenta pasajeros. Y sólo dos policías controlaban el pasaporte del pasaje de varios aviones que salían casi a la misma hora.

Cerca de las puertas de embarque había mucha gente: ejecutivos de trajes oscuros sin tiempo que tiraban de maletines, ancianos perdidos buscando las puertas de embarque, jóvenes con mochilas en busca de la paz interior en alguna isla del caribe; gente con prisa que querían correr, pero temían perder la compostura. Y otros, como yo, con tanto tiempo de antelación, que dábamos paseos por la Terminal y éramos los que obstaculizábamos el aeropuerto. Nos empujaban o tropezábamos hombro con hombro, abrigo con abrigo y maleta con maleta.

Me gusta sentarme y observar desde una esquina a las personas deambulando por un aeropuerto, pero ese día no quería verme envuelto en aquella confusión y me fui directamente a la sala Cibeles en el piso superior. Allí estaría en un ambiente más relajado y un sofá más confortable que los asientos duros de la Terminal.

Las salas de barajas son amplias (no como la de Tenerife Norte que más que una sala parece un pasillo corto) y con mucha prensa nacional y extranjera para pasar el rato. También un área con conexión a Internet sin cables, pero no es gratuito, como cabría esperar del mundo desarrollado. Evidentemente era un servicio caro. Después de dejar el maletín en uno de los sofás, fui a buscar algo de beber. Ofrecían más que en el desayuno del hotel. Más variedad de bebidas y un café cremoso, a pesar de ser de máquina automática de Auto servicio. Y lo más importante: el café estaba caliente. Por fin conseguía beber un café caliente en dos días. Después de retirar la taza de la máquina busqué algo de comer. Me di cuenta que, en lo que respecta a la comida, la sala ofrecía menos que el hotel: unos sándwiches fríos, metidos en nevera, de atún y otros de vegetales. Son esos que vienen en cajas triangulares transparentes de plástico y que hay que tirar de una pestaña de papel para abrirlos. Nada especial. Mientras bebía el café con leche, hice un gesto con el cuello y entonces fue cuando reparé que algo me dolía: Tenía un ganglio inflamado debajo de la mandíbula, en el lado izquierdo. Me acordé que no había comprado antibióticos. Fui consciente de ello en la farmacia, pero desde que sufro los efectos secundarios de uno de ellos, había decidido no tomarlos más si no era en caso de vida o muerte. ¿Me estaría enfermando de la garganta? ¿Me estaría constipando por haberme mojado en Madrid mientras buscaba el restaurante? Maldije el frío, la lluvia y la nieve que antes me pareció bonita.

La tripulación nos recibió amablemente en la puerta del avión. Las chicas vestían trajes tailandeses de seda, de falda larga hasta los tobillos y ajustada y una chaquetilla. Una banda plisada cruzada desde el hombro hasta la cintura le daba una nota de color más al avión. Ninguno de los trajes eran del mismo color que el otro. Sawasdee kha, decían a cada pasajero a la vez que llevaban las manos en oración al centro del cuerpo e inclinaban las cabezas. ¿Qué significaría aquél gesto y aquellas palabras? Sin duda alguna era una bienvenida, pero ¿por qué de aquella manera que se me antojaba como un gesto de sumisión?

Aunque no lo necesitaba, dejé que me ayudaran a encontrar mi asiento. Estaba de pie en medio del pasillo guardando el maletín, la chaqueta y la bufanda cuando escuché a un hombre que me ofrecía una copa de cristal de espumante champaña sobre una bandeja metálica. Me sorprendió mucho que no me ofrecieran también un zumo de naranja como estaba acostumbrado, pero creo que era porque ya sabían de antemano que saldríamos con retraso.

Después de una hora y cuarto dentro del avión dijeron en un inglés correcto y con buen acento que era por el tráfico aéreo de Barajas. Esta situación yo ya la había vivido con otra aerolínea, una española. La diferencia era abismal. Aquélla dejaba que el pasaje muriera de sed y de ganas de orinar. No dejaban que nadie se moviera de sus asientos mientras que la tripulación cotilleaba en un rincón del avión. Vaya diferencia. En esta línea aérea me sentía persona, en la otra un poco ganado. No significa que esa compañía española funcionase siempre así, pero las probabilidades son muy altas de que te toque un vuelo como aquél.

Desde niño me ha gustado hablar con las azafatas (no menciono a los hombres porque no recuerdo de pequeño haber viajado y ser atendido por ninguno, pero seguro que los había. A veces la memoria juega malas jugadas). Sus experiencias son fascinantes. Lo más seguro es que esas experiencias no sean más que mentiras para que el resto de los mortales les envidiemos. Pero a mí me gusta oírlas (por eso les canto la canción: Miénteme, que con tu mentira me haces feliz). O quizá ellas lo saben y se inventan una vida excitante para deleitar a los que no viajan con tanta frecuencia. Así que comencé por entablar una conversación con la azafata más maquillada de todas. Su inglés era tan correcto que estaba seguro que si cerraba los ojos pensaría que era una escocesa. Ese cantar que tienen los del norte es inconfundible. Dije los cuatro nombres de comida tailandesas, que había aprendido en un libro antes del viaje, y la azafata se sorprendió. El sobrecargo, que escuchaba nuestra conversación, vino a dar conmigo con las preguntas propias de cualquiera que quiere empezar una conversación: que si iba a Bangkok, que qué iba a hacer allí, entonces a qué te dedicas, etc. A nuestra conversación, o mejor debería decir: a mis respuestas a sus preguntas, se unieron otra azafata y un auxiliar de vuelo con los mismos rasgos achinados pero de piel más oscura. En unos minutos, la zona del avión donde estábamos se convirtió en una zona de encuentro. Yo la llamé Party Class, no Economy class. Había un ambiente festivo por las bromas que surgieron en torno a la comida picante y a la comida madrileña. Inventamos recetas de callos con guindillas y jamón con galanga. El sobrecargo y yo descubrimos que teníamos conocidos en común en Madrid que trabajan en la embajada tailandesa, por lo que lo invité a una fiesta que ellos organizarían en Bangkok. Lamentablemente, el día de la fiesta no podía porque volaba a Nueva York. No sé el porqué pero me dio la impresión de que me mentía. El hombre sacó una tarjeta de visita de su chaqueta y me la entregó para que lo llamase cuando llegara a Bangkok.

La azafata más maquillada me sonreía y me decía algo cada vez que pasaba a mi lado. Hablaba tan bien inglés que a veces no entendía lo que decía y tenía que hacerme el sordo para que me repitiera aquello que había dicho. Es curioso que el inglés que mejor entiende un extranjero, sea el inglés de otro extranjero. Ya no sólo porque ambos cometemos los mismos errores gramaticales, sino porque tenemos un acento que permite entendernos.

A la hora del postre la azafata me pidió que le dijera cómo se decía en castellano Strawberry. Fresa, dije vocalizando exageradamente. And cheese? Queso. Y la perdí de vista por el pasillo repitiendo al resto de los pasajeros ¿Fresa? ¿Queso?

Después de la cena y mientras proyectaban la película saqué el ordenador del maletín para escribir. Decidí cambiarle el título al diario (provisionalmente lo había llamado diario de bitácora. Estaba claro que escrito así no lo podía ser). Lo llamaría “Cuaderno del Dragón, un viaje por Asia”. La cultura asiática en un primer momento parece toda igual, pero coinciden en pocas cosas y me parecía que una de ellas eran los dragones. Así que era uno de los mejores títulos que había encontrado hasta ese momento. Uno que unía los diferentes países y ciudades de mi viaje.

Cuanto más escribía, la curiosidad de la tripulación iba en aumento. Pasaban a mi lado para ver si podían leer algo en la pantalla del ordenador, creyendo que al escribir con letras latinas escribiría en inglés. Me da la sensación que los tailandeses relacionan las letras latinas sólo con la lengua inglesa. Es algo así como creer que cada lengua tiene su propio alfabeto. Como sucede en Asia, ahora que lo pienso, que casi todas las lenguas tienen el suyo propio. La azafata más maquillada se ponía a mi lado a ver si lograba entender algo. Cuando me viraba hacia ella y la veía, hacía que revisaba los compartimientos superiores del equipaje. Acto seguido me miró, dijo algo que no entendí y me ofreció una sonrisa.

En una de las tantas veces que la azafata pasó a mi lado me preguntó si no me gustaba el cine. No entendí a lo que se refería, no entendía qué tenía que ver el cine con el avión, conmigo y mi acto de escribir. Ella lo notó en mi cara. Fue entonces cuando apuntó con un dedo hacia la pantalla donde proyectaban la película. Enseguida comprendí a lo que se refería y le dije que sí, pero que debía escribir. Ella sonrió nuevamente y se fue. En otra oportunidad al pasar me dijo algo que, como venía siendo de costumbre, no entendí, su acento escocés era demasiado perfecto para mí. Ella pensó que yo estaba completamente sordo por pedirle ya tantas veces que me repitiera lo que decía. Se acercó a mí y me preguntó: ¿Todavía no has terminado? y Sonrió. Se esfumó enfundada en su traje de seda malva detrás de las cortinas del pasillo.

Ya tocaba el desayuno y yo apenas había podido dormir un par de horas. Deseaba tener una cama o volar en gran clase para viajar tumbado y con pijama. Pedí una crepe de espinacas del menú. Se acercó el sobrecargo, al que no había visto en casi todo el vuelo, y me dio los buenos días. Me preguntó que si había trabajado mucho durante el vuelo. Parecía que las noticias, nunca mejor dicho, volaban en este avión. Le expliqué que no había estado trabajando y que sólo escribía un diario de viaje en el que él, por cierto, aparecería. Creo que le hizo ilusión, (más que a alguno de mis compañeros del Instituto) porque a partir de ese momento comenzaron a desfilar más auxiliares y azafatas por mi asiento. Parecía que todos querían aparecer en mi diario. ¿Por qué querrían estar retratados en él? Si supieran que sólo escribiría acerca del sobrecargo y de la azafata más maquillada ni siquiera se hubieran molestado en traerme más zumo. ¿Más fruta, señor? ¿Otro capuchino, tal vez? Aún queda otra crepe, ¿le apetece comer más? Pero el que se llevó la palma fue el sobrecargo. Después del desayuno se acercó a mí con una bolsa del Dutty Free, Esto es para que lo disfrutes con tus amigos en la fiesta de Bangkok. Era una botella de champaña La Grande Dame, cosecha del 95.

Antes de aterrizar anunciaron que había 32 grados y que eran las ocho y media de la mañana. Eso significaba que ya era el día siguiente de mi partida. Saqué las cuentas y con respecto a Tenerife se habían esfumado siete horas de mi vida por el huso horario. En un principio un vacío me llenó el estómago. No sólo había desperdiciado once horas y media volando desde Madrid a Bangkok, sino que también había perdido siete horas más. Me tranquilicé cuando recordé que las recuperaría en el vuelo de vuelta.

Sawasdee khap, dijo el sobrecargo en la puerta del avión inclinando la cabeza y llevando las manos en oración al centro del pecho El mismo gesto de bienvenida era utilizado para la despedida. Sin darme cuenta estaba inclinando la cabeza también para despedirme y, de no ser por el equipaje de mano, la chaqueta y la bufanda que quemaban a esas temperaturas, creo que también hubiera hecho el mismo gesto con las manos. Le prometí que lo llamaría a mi vuelta de Singapur.

Lee el capítulo anterior: I – Sábado 25

Lee el siguiente capítulo: III – Lunes 27

4 Replies to “II – Domingo 26”

  1. Geneviève Marie Saint Martin

    No me ha defraudado, querido José. Tal parece que estoy viajando a su lado. Estoy deseando emprender la próxima jornada. Saludos cordiales

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    • José Luis de Caires Autor del Post

      Gracias Geneviève. Me alegro que te sinceras a gueto con el viaje. A ver si sugue igual de interesante la próxima semana. Un saludo

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  2. Francis M M

    Lee amigo. A mi me gusta, puedes ya estoy esperando a III. Amigo ya sabes lo que pienso de Ti. Eres GENIAL. BESOTES

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    • José Luis de Caires Autor del Post

      Gracias Amiga! suscríbete y no te pierdas el siguiente capítulo… Un beso, gracias por el apoyo

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