VI – Singapularidades, Orchard Road

Singapularidades

 

Orchard Road

 

Dragon-Rojo-relieve cuaderno del dragon, orchard road, singapur

Cuaderno del Dragón, un viaje por Asia de José Luis de Caires

La colchoneta de la cama va a arruinar mi viaje. Estoy fatal de la espalda. No hago más que tomar antiinflamatorios para los dolores. La hernia discal que me salió con dieciocho años me recuerda cada cierto tiempo que está presente, que todavía no ha sido operada (ni pienso hacerlo, por supuesto), sobre todo cuando los colchones de las camas no son los mejores o cuando estoy mucho tiempo de pie. Recuerdo los cuarenta y cinco días que estuve en cama, allá por 1995, por la susodicha hernia. Fueron momentos muy duros de mi vida. Verme imposibilitado de salir de la cama, sólo para lo imprescindible y cogiéndome de las paredes para poder caminar, me tenía al borde de la depresión. Por las mañanas estaba regular de ánimo, pero al caer la tarde era como ver caer una maldición que me abrazaba conforme se movían las agujas del reloj. Cada vez que me acuerdo no queda sólo en un recuerdo desagradable. Revivo los minutos y las horas, los dolores al estornudar, toser, mover una pierna, no paro de sentir clavos en el estómago y una fuerte presión en la nuca.

Ahora que me doy cuenta. Se nota que me duele la espalda, porque mis pensamientos no son claros. Mejor será que deje de escribir, me pegue una ducha con agua muy caliente para relajar los músculos doloridos y me vaya a desayunar. Después de terminar de comer me tomaré el antiinflamatorio y seguro que veré la vida de otro color.

No sé si estaré equivocado, pero tengo la impresión de que los servicios públicos de Singapur, los del gobierno, son mejores que los privados. Los taxis, por ejemplo, para subirte sólo puedes cogerlos en las paradas habilitadas para ello. La gente forma unas filas muy ordenadas. El gobierno dispone en las aceras indicaciones claras y barras para organizar las colas en paradas con techos. Incluso estampan pasos en el suelo de las aceras para que no quede duda desde dónde habría que formar la fila. Entiendo que en calles principales los taxis no puedan parar donde se les ocurra a los clientes, porque de hecho las calles principales de la ciudad no deja estacionar en ningún sitio. Hay impedimentos en las aceras que a la vez adornan la ciudad. Son jardines a los lados de las aceras que separan al viandante del tráfico de los coches. Jardines tropicales que harían las delicias de los biólogos (atención Susana, esto es para ti). Una diversidad propia de los jardines botánicos. Y, lo mejor, totalmente gratis. Sólo tienes que salir de tu puerta para verlos y disfrutarlos. Es increíble que estas plantas no tengan ni siquiera hollín en sus hojas. Ahora que me doy cuenta, en Singapur no parece haber contaminación.

Gracias a las paradas de taxis que no me gustan, principalmente porque debo caminar hasta ellas y no puedo pillarme un taxi donde quiera, conocí a una italiana alta y rubia que estaba en la cola de una parada. Yo quería ir del recinto ferial, donde estaba trabajando, a Orchard Road, la calle principal del distrito comercial que es donde está mi hotel. La cola era tan larga que pudimos iniciar una conversación con un ¿Hablas inglés? Enseguida le dije: Sí, pero tú tienes acento italiano, ¿de dónde eres? Me contó que era italiana pero que estaba en Singapur porque su pareja vivía aquí. El chico era de Barcelona. Anda, yo vivo en canarias, ¿hablas español? Claro, mi chico se niega a hablar italiano o a hablar inglés entre nosotros, me dijo en un castellano muy perfecto, aunque seguía teniendo acento italiano, igual que yo tendré acento español. Su pareja trabajaba en la Universidad de Singapur dando clases en la facultad de informática. La cola se fue acercando a la parada y nos intercambiamos los teléfonos para vernos por la noche y dar una vuelta por lo que ella llamó “el río”. Enfatizó el nombre, así que debía ser algo especial. Quedamos para encontrarnos y ambos, la italiana y el catalán, me sirvirían de guías por la ciudad. Acepté ansioso.

Estuve vagando por Orchard Road mientras hacía tiempo para encontrarme con mis guías. Hay infinidad de centros comerciales en esta avenida. En torno a los dos kilómetros de calle hay tiendas de todo tipo y mucha gente por unas aceras anchas como ancha es una avenida de dos carriles con un arcén. Un arcén de plantas verdes exóticas, orquídeas y epífitas colgando de árboles enormes y frondosos. Me recordaban algunos laureles de India (ficus nitida), aunque no lo fueran, que hay por la rambla en Santa Cruz, en Tenerife. Estos árboles no eran más altos, pero con un verde intenso que no creía haber visto nunca. En los “arcenes” florales de las aceras, cientos de plantas ornamentales que hasta brillaban de limpias. Estoy seguro que a Susana le encantaría ver la cantidad de “verde” que hay en Singapur y, sobre todo, como tienen cuidado ese “verdor”, ella sí que sabría el nombre científico, y el común, de todas ellas.

Creo que no he visto en el mundo, una calle con tantos centros comerciales como ésta. Uno detrás de otro. Unos temáticos, de antigüedades, por ejemplo, otro de sólo marcas de lujo, centros comerciales pequeños, con venta de todo tipo de electrónica y alta tecnología, otros enormes con edificios altos de oficinas en el medio de la construcción. Uno de espejo, otro de cristal como Ion, otro de cemento, con escaleras semicirculares, con entradas pequeñas o gigantes que muestran su poderío comercial, forrado con una piedra roja, que creo que es un tipo de mármol, como es el caso de Ngee Ann City. Hay otros que llaman la atención porque por las noches están llenos de luces fluorescentes que decoran la avenida de una forma muy especial y variada. Otros apuestan por pantallas gigantescas con video clips musicales (por cierto, he visto el de las Ketchup cantando el Aserejé), anuncios o con información de todo tipo: Tiempo, bolsa, curiosidades, noticias. Esta avenida es muy especial y es una visita obligada aunque no se quiera comprar nada.

Entré en el centro comercial Ngee Ann City, el rojo, el que creo que es de mármol. Me entretuve mucho tiempo en una librería llamada Kinokuniya. Es una cadena de librerías japonesas repartidas por el mundo. Era enorme, llena de libros desde el suelo hasta el techo. Estanterías de muchísimos metros. No sé cuántos, pero quizá diera unos 30 pasos de un lado al otro extremo. Es como cualquier librería, sólo vende libros, ni ordenadores ni música como Fnac, por ejemplo, sólo libros. Cientos de miles de libros de todos los tamaños y colores. Se necesitan escaleras sujetas que deslizan por unos tubos cogidos a las estanterías para llegar a los libros más altos. Puede que hubiera unos tres metros y mucho hasta arriba. En el medio de la tienda las estanterías eran más bajas, aunque lo suficientemente altas como para tapar a una persona.

La tienda estaba dividida por secciones. Estuve en la sección de arquitectura, de pintura y diseño gráfico, la de religión y nuevos pensamientos, se llamaba así, hasta que me detuve en la sección de fotografía. Los libros eran impresionantes. Si viviera aquí no dudaría en venir una vez por semana para llevarme unos cuantos, especialmente los de arte, pero no puedo llevarme ninguno. Son excesivamente pesados y grandes. Pregunté por la sección de música y estuve buscando partituras, pero no tenían, sólo historia de la música, de los instrumentos, de compositores y de ópera. Me di cuenta que en toda esta calle no había visto ninguna tienda de partituras o de instrumentos musicales. Tendría que mirar en internet. Esta gente todo lo tienen ya en internet, no como nosotros que apenas estamos empezando con el marketing online.

Dejé que la multitud en las aceras me llevasen de un lado a otro, pero cuando quise darme cuenta, cuando quise perderme y no saber dónde estaba, cuando quise sentirme explorador en una ciudad desconocida, va y me encuentro de frente con el hotel donde me quedaba. Bueno, y como ya estaba cerca, decidí tomar un helado en la misma heladería italiana de la primera noche y disfrutar del desfile callejero único y especial mientras me comía el helado en la terraza. Esta vez era de mango y limón. Refrescante. Luego subí a la habitación para estirar la espalda sobre la famosa colchoneta que acabaría conmigo.

Antes de bajar a la puerta del hotel para encontrarme con mis guías a la hora acordada, les mandé un SMS: Stoy list. Estn cerc? Avisen pa bajr. Al cabo de unos segundos recibí la respuesta: Sí, baja ya. A penas llegué al lobby vi a Chiara levantando los brazos por fuera del hotel, con el coche parado enfrente de la mismísima puerta, sin molestar a nadie, sin interrumpir el tráfico y con los conserjes del hotel sujetándonos las puertas del coche para que entrásemos. Menuda diferencia con Madrid.

Jordi, la pareja de Chiara, de unos treinta y cinco años, era más bajo que ella, de pelo con caracoles que le hacía lucir una cabeza redonda. Conducía el coche con mucha paciencia y cuidado. Cuando dejaba pasar a los peatones que cruzaban las calles más estrechas, donde no había semáforos, comentaba que la ciudad estaba hecha para las personas y no para los coches, que aquí había aprendido a respetar los pasos de peatones y a no tener prisas. He notado que en Singapur apenas hay tráfico, le dije desde el asiento trasero. El gobierno ha conseguido una fórmula que impide que haya muchos coches. De hecho esta isla es muy pequeña y tiene muchos habitantes. Si cada persona tuviera un coche, esto sería un infierno. Nadie podría moverse, seguía contando Jordi: Si quieres tener un coche, por ejemplo un Fiat Uno, te costará unos diez millones de pesetas (aún pensaba en pesetas: 60.000 euros), y es el más barato. Todos los coches están gravados con impuestos para disuadir a cualquiera a comprar. Al cabo de cinco años, debes pagar impuestos como si fuera nuevo, por lo que el coche te costará casi lo mismo que cuando lo sacaste del concesionario el primer día. Así que lo vendes para chatarra o lo vendes por una miseria en Malasia. Todos los coches son muy apreciados allí porque están casi como nuevos. Hizo una pausa buscando mi aprobación y continuó: Apenas circulamos con ellos. El país es pequeño, terminó de matizar para darme a entender el porqué. Y menos mal que lo hizo, porque no entendía.he, esto ser muy perfecto, auqnuequeña y tiene muchos habitantes. Si cada persona tuviera un coche, esto ser muy perfecto, auqnu

Llevaba cinco años viviendo en Singapur y trabajando en la universidad. Un domingo estaba en Barcelona leyendo un periódico y vio la noticia de que buscaban profesores para dar clases en la Universidad Nacional de Singapur (National University of Singapore, NUS) en la facultad de informática. Es una de las 20 mejores universidades del mundo y su objetivo es convertirse en el centro del saber del Sudeste Asiático. Luego lo sería del mundo (ellos son así y lo lograrán). Susana, estoy seguro que la facultad de biología será muy interesante para ti. Sé de las dificultades que hay en tus trabajos de investigación, pero deberías echar un vistazo a esta universidad. Creo que hay una alta posibilidad de que trabajes en la investigación que más se te antoje. Otra cosa es que te guste vivir aquí.

Chiara, iba callada, escuchando a su chico y de vez en cuando lo miraba mientras él conducía. Se le veía en sus ojos verdes el parpadear y el mirar somnoliento de la Chiara enamorada. Hacía mucho que no se veían, no sé cuánto, pero mucho. La última vez que se vieron fue en Londres el año pasado, en un viaje que tuvo que hacer Jordi para una conferencia. Aprovecharon para verse ya que él estaría por la vieja Europa. No podían desaprovechar esa oportunidad. Fue allí, en Londres, donde decidieron que apenas pudiera ella desplazarse hasta Asia, lo haría para vivir juntos. Y así fue. Estaba ella aquí para eso, ambos ya contaban con el gran impedimento: El visado. Como no estaban casados, Chiara había entrado como turista, así que sólo podía quedarse por tres meses. Podía pedir una prórroga del visado por otros tres meses más. En total sólo podía estar seis meses y ya tenía gastado dos. Por la conversación me dieron a entender que estaría el tiempo máximo que le permitiese la ley de emigración para comprobar si podían vivir juntos. Si así era, entonces se casarían y ya verían la forma de resolver el problema del visado. Estoy seguro que con el trabajo de Jordi no tendrán problema alguno.

He estado releyendo y cuando leí lo de “La vieja Europa”, que he escrito más de una vez en este cuaderno, me acuerdo de Jorge Fernández Chiti, de hecho, lo digo por él. Ustedes no lo saben, porque la última faceta que conocieron de mí fue la de actor. Nos dejamos de ver muy jóvenes y lo que no saben es que hice una formación en cerámica escultórica y que tenía un taller de cerámica en mi casa. Luego me fui a España y tener un taller era más complicado, sobre todo viviendo en pleno centro de Santa Cruz. Viéndolo ahora con lejanía, sí, podía haber sido posible. No al principio en el apartamento minúsculo en el que vivía, pero sí después. Pero la vida va yendo por un lado y muchas veces nosotros la seguimos en vez de dirigirla (dicen que es dejarse llevar. Lo digo con ironía). De ese seguir la vida los caminos se bifurcan y surgen otras cosas, mejor dicho, se van formando otros caminos. Pues bien, intentando apearme del camino que la vida me marcaba, quise elegir caminar por el monte y hacer un camino nuevo, pero conocido. Otro que no parecía estar en la senda por la que la vida quería llevarme, entonces volví a las andadas de la cerámica (más ironía).

Mientras estudiaba escultura compré muchos libros de un autor. Claro, han acertado, el mismo, Jorge Fernández Chiti. Una eminencia en la cerámica, un hombre impresionante. Muchísimos libros en su haber. Delgado, no muy alto, con poco pelo, pero el que tenía blanco, con barba y con un gran sentido del humor agudo, muy inteligente, o por lo menos es así como lo recuerdo. Tenía casi todos sus libros con fórmulas para esmaltes y combinaciones de barros que daban unos resultados únicos. Sobre técnica del torno, de la historia de la cerámica, sobre la escultura y sobre Rakú. Cualquiera de sus libros eran los mejores. Cuál no sería mi sorpresa que leí en alguna parte, ahora no recuerdo dónde pero que seguro sería en el periódico, que el Profesor Jorge Fernández Chiti vendría de Argentina a Tenerife a impartir unas clases en la escuela de Artes y oficios de Santa Cruz. Era en 1990 o en el año 91, no estoy muy seguro. Evidentemente tenía que hacerlo. Y así lo hice.

Hice buenas migas con Chiti, como solía llamarlo, y comimos casi a diario durante una semana y media juntos. Lo escuché hablar de muchas cosas que no tenían que ver con la cerámica. Fuera de la Escuela de Artes y Oficios no hablábamos de ella, pero sí de escultura y de arte en general. Entre todas esas otras cosas que no era arte, decía que África era la niña mágica explotada y castigada; Asia era la milenaria desconocida que se escondía de occidente; América, Ay, América, exclamaba exageradamente con un tono de humor a la vez que sonreía, era la joven mística e inocente con mucho futuro por delante, pero con muy poco conocimiento de sus potenciales y Europa, dijo pausadamente queriendo llamar más aún mi atención y yo muy atento por saber qué diría, era lista y astuta como una vieja puta. Y cuánta razón tenía.

Vamos a llevarte a cenar a la mejor zona, verás que te va a sorprender, me dijo Jordi mientras le sonreía a Chiara con complicidad. Me hizo gracia porque mis momentos de “peligro” en la ciudad ya los había tenido. Así que nada me asustaría. Durante el recorrido reconocí varios edificios por los que ya había pasado cuando fui recorriendo China Town. Luego vi el templo multicolor hindú en la frontera entre los dos barrios. Les comenté que ya había estado por allí pero de día. Por la noche es muy diferente, verás, dijo Chiara a la vez que movía su melena rubia con las manos queriendo espantar el calor.

Aparcamos el coche sin dificultad aunque tuvimos que pagar por las horas que lo dejaríamos en la calle. En España lo llamamos Zona Azul. Es pagar por dejar el coche en la calle. Es absurdo teniendo en cuenta que ya estamos pagando por poder dejar el coche en la calle con los impuestos locales de rodaje. De hecho se están declarando ilegales y en muchos pueblos y ciudades de la isla ya se han retirando las máquinas. Pero se ve que aquí como en tantos sitios, por ejemplo en Estados Unidos, es totalmente legal. Estas máquinas son iguales que las de Tenerife o las que he visto en Lisboa. Son máquinas que al introducir una cantidad de dinero, imprimen un ticket con la hora que debes dejar el sitio. No es como los parquímetros americanos a los que estamos acostumbrados, que en cierto aspecto tienen mucho más sabor y color que estas máquinas.

Caminamos un poco desde el coche hasta Pagoda Street, que es la calle principal de China Town donde estaban todas las tiendas de recuerdos y de antigüedades… Y de allí nos fuimos a Smith Street que también es conocida como Food Street. No hay nada más chino que comer en la calle, literalmente, en la calle. Por la noche Food Street se cierra al tráfico y disponen mesas metálicas con sillas de plástico y/o bancos metálicos por el asfalto donde pasaban los coches durante el día. Las mesas y las sillas forman un gran combinado de colores. Nada de colores salteados. No, la fila de las sillas verdes, las otras filas blancas (en su mayoría) y un grupo de color rojo chino al final de la calle. Todas dispuestas a un lado de la carretera dejando un pasillo ancho entre el asfalto y la acera, por donde las personas pasan de un extremo al otro de la calle. Todo está bien organizado, no hay confusión, está todo estudiado. Encima de las aceras están las cocinas en puestos metálicos que incluyen techo donde exhiben carteles con las especialidades o el nombre del, llamémosle, “restaurante”. Pulcros, impecables, relucientes, aunque tuvieran seis fogones encendidos con ollas y woks de aceite hirviendo y sirvan para freír pescado. No hay ni una gota de aceite fuera de su lugar. Los puestos están uno al lado del otro desde una punta de la calle hasta la otra. No hay dos puestos que vendan lo mismo a excepción de los que venden bebidas que están repetidos. Uno está en la esquina norte y el otro en la esquina sur (vale, me lo acabo de inventar, es que queda muy bien. No sé las coordenadas, pero uno en cada punta de la calle). Estos puestos sí que vendían casi lo mismo. Están hechos así para que la gente no tenga que desplazarse hasta el otro lado de la calle para buscar las bebidas. Todos estos “restaurantes” no tienen camareros, sólo personal de cocina. Es el cliente el que debe ir a encargar y buscar la comida.

Cada puesto tiene un menú gigante con fotos y con los precios y cada dos o tres puestos hay una especie de mesa metálica con tapa transparente y divisiones en su interior donde guardan los cubiertos y los palillos para comer. Hay una curiosidad que me trae por el camino de la amargura, (no tanto, una exageración para dar un toque de humor) en Singapur no hay servilletas en casi ningún restaurante. Tiene que ser de lujo para que te la pongan o que sea un hotel. No sé el porqué ni nadie a quien se lo he preguntado lo sabe explicar, simplemente se limitan a hacer un gesto con los hombros y un movimiento de cabeza para responder. Las personas van a los restaurantes, y a cualquier parte, supongo que por el calor, con paquetitos de pañuelos desechables tipo Cleenex. En Food Street, en caso de que no los tengas, no tendrás problema: Pasan vendedores ambulantes por las mesas vendiéndolos (aunque aquí, como en toda la ciudad, la venta ambulante está terminantemente prohibida).

Lo primero que hicimos fue elegir una mesa desocupada y sentarnos. Enseguida llegaron los de las bebidas. Luego Chiara me dijo que sólo los de las bebidas se acercaban a la mesa porque eran dos puestos y tenían que hacerse con clientes. Tiene su lógica. Los chicos de los dos puestos llegaron al mismo tiempo. Pedimos a los dos para repartir el trabajo. Dos cervezas a uno y al otro una cerveza y un coco frío (sí, coco frío. Por cierto, ¿se acuerdan de las cocadas de la playa?). Qué delicia, cuánto hecho de menos el coco verde, sobre todo en verano. El agua helada de la fruta con trozos de coco que se deshacen en la boca. Luego lo mejor, escarbar con una cuchara el interior fresco del coco. Como lo disfruté, es único para calmar la sed y alimentarse. Leí una vez que una persona bebiendo agua de coco y comiendo su interior puede alimentarse bien por semanas. No sé si será cierto.

Mientras Chiara se quedó sentada esperando las bebidas y reservando la mesa, nos fuimos de puesto en puesto de cocina viendo lo más variado en exquisiteces asiáticas. Cabe destacar que casi todo era estilo chino, pero con la variante local. Olía a especias de lo más variadas y a curri. A veces el humo que desprendían algunas cocinas me hacían estornudar. El picante entraba por la nariz y me picaba en la garganta, pero lejos de ser desagradable, era una sensación de frescor en aquel calor bochornoso de la noche del sudeste asiático. Una bendición.

Por un momento dudé si comer en la calle era prudente y recomendable. No quería enfermarme. No había visto agua corriente en los puestos de cocina. Jordi me explicó que era una costumbre china la de comer en la calle. Algo que el gobierno de Singapur prohibió a finales de los años 60, cuando comenzaron con los cambios en la nueva república. La condición para que pudieran cocinar en Smith Street, era que si las inspecciones que harían sin avisar daba como resultado alguna sanción o si algún comensal se enfermaba por intoxicación, hasta ese día, todos los puestos sería cerrados. No importaba a qué negocio le habían puesto la sanción, pagarían justos por pecadores. Me pareció extremo, pero muy seguro para los clientes. Jordi me señaló una puerta enorme por donde los trabajadores que se encargaban de la limpieza, metían carros con pilas enormes de platos hacia el interior. Ahí estaban los lavavajillas, los trenes de lavado y el agua corriente. Me dijo que podía entrar a verlos, cualquier cliente puede solicitar una inspección. Me era suficiente con la confianza que me estaba inspirando el gobierno de Singapur.

Elegimos la especialidad local como plato principal. Realmente no sabía lo que iba a comer, porque Jordi sólo me dijo: Comeremos fish. Bien, pescado, pensé. Verás que es una delicia como lo preparan. ¿Y cómo es?, pregunté curioso. Es a la plancha y se le pone por arriba una salsa hecha con aceite, especias y chile picante. No temas, no pica como el mejicano o el peruano, es un picor diferente, ya verás. Confié en lo que me decía. Al fin y al cabo él también era de mi cultura y sabía que el picante no es nuestro condimento diario. No me dejó pagar el pescado y le dieron un ticket y una comanda por la compra. Vendremos a buscarla en unos diez minutos, me dijo. Pasamos a otro puesto que vendía verduras al vapor y encargamos Morning Glory al estilo tailandés. Es un vegetal que se come mucho en Tailandia y en Vietnam. Es verde oscuro, largo y fino con una hoja en la punta. También pedimos arroz de jazmín, zanahoria y algunas verduras salteadas con salsa de soja. Le dije que con lo que habíamos pedido ya era suficiente, que si teníamos hambre cuando acabásemos con todo aquello, buscaríamos más. Pensar que teníamos un pescado para cada uno hacía que se me quitara el apetito. Pero aún así, dijo que no podíamos cenar sin Satay de cerdo, un par de pinchos para cada uno.

Esperamos en la mesa junto a Chiara mientras bebíamos y hablábamos. Jordi se dio cuenta que ya era la hora de buscar la comida por los carritos. Primero buscamos los pescados. Estaban abiertos como si fuera a la espalda pero eran demasiado grandes para ser pescados normales. Eran redondos como si fuera un pez globo abierto y a la plancha. Estaba seguro que no se trataba de un pez globo. Le pregunté el nombre y me lo dijo, pero era en inglés. Imagínense, no conozco los peces en español, cuánto más en inglés. Los llevamos a la mesa y pasamos a buscar los otros platos que faltaban. Las brochetas de cerdo tardarían un poco más y la señora muy amable dijo que nos la llevaría a la mesa. Me encanta el grado de confianza con el que se mueve la gente por la ciudad. Sin temor a nada, sin malicia en que alguien te va a cobrar de más. Los taxistas son una excepción, ya saben. Y no tengo nada en contra el gremio de profesionales al volante. Es que no he tenido suerte.

Comencé a comer el pescado. Sentía mucha curiosidad por saber a qué sabía. En un vaso muy pequeño de plástico, que me recordaban los vasos en los que sirven las pastillas en los hospitales de las películas americanas, estaba la salsa para el pescado de nombre raro. Eché poco por encima con cuidado, no fuera a ser muy picante. De hecho se veía muchos trozos rojos nadando por la salsa y mi experiencia me dice que si hay algo rojo flotando, suelen ser muy, pero que muy picante. Fui precavido, probé un poco antes de seguir echando aquella salsa que prometía ser un manjar. Lo probé una, dos y tres veces. Delicioso. Picaba pero el fondo del sabor ligeramente amargo y dulce junto con el picor de la guindilla, era tan exótico que no podía dejar de probarlo una y otra vez. Eché todo el contenido del vasito sobre el pescado y sin pensarlo fui comiendo tan rápido como me lo permitía mi experiencia con los palillos. Cabe destacar que como con palillos hace mucho, pero no soy muy experto en las artes “palilleras”. El pescado por arriba era carnoso, blanco, suave y se deshacía en la boca. La carne salía por mechas. El otro lado del pescado, el que estaba por debajo, era una piel no muy dura. También se podía comer, no tenía escamas. Es verdad, me dije, este pescado no tiene escamas. Qué bien lo limpiaron.

Durante la cena, Jordi contaba algunas curiosidades y “Singapuralidades” del país. Llamaba así a las singularidades porque decía que sólo se daban en Singapur y en ningún otro sitio del mundo. Le pregunté por la población. Me dijo que no eran mucha, pero que para el tamaño del país sí que lo era. Piensa que Singapur es un archipiélago con algo más de 600 kilómetros cuadrados, pero que tiene cuatro millones de habitantes. La isla donde vive la gente es de 500 kilómetros. En seguida mi cabeza sacó cuentas. Tenerife mide 2.200 kilómetros. Madre, grité (vale, no dije madre, solté un taco), es la cuarta parte de la isla donde vivo. No me lo podía creer. Cuando llegué al hotel confirmé las medidas con los panfletos de información turística que me habían dado y pregunté en recepción por la cantidad de habitantes que tenía el país. Todo coincidía. Has dicho que la isla donde vive la gente, dije un poco descolocado, ¿y las otras islas están vírgenes? No, que va. En Singapur hay dos cosas primordiales que están por encima del bien y del mal, una es el agua y la otra la tierra. Lo del agua lo entendía, porque en Canarias pasa un poco lo mismo. En algunas islas tenemos que usar desalinizadoras. Importamos la tecnología de Israel y esa misma tecnología la nacionalizamos y la exportamos a Cabo Verde. Jordi continuó: El agua se la compran a Malasia y cada dos por tres hay conflictos porque quieren subir el precio acordado. Aunque aquí llueve mucho de septiembre a marzo, no es suficiente para abastecernos. Pero aquí hay un río. Chiara me dijo que iríamos allí más tarde, recalqué mirándola como buscando su aprobación. Dudé si había entendido mal. Lo llaman así, me dijo Chiara, pero en realidad es una fragmentación de la isla y el agua del “río” en realidad es agua de mar. Lo llaman río, pero no lo es. ¿Y lo de la tierra?, pregunté. Ah, sí, la segunda cosa más importante, dijo Jordi. Como no hay isla suficiente el gobierno crea y construye islas. Hay muchas naturales, pero algunas son artificiales. Hay una para el vertedero de basura, hay otra que es militar, otra para algunas fábricas, otra para la refinería (cómo me gustaría que en Canarias la refinería estuviera en una isla aparte y no dentro de la capital, como en Tenerife) otras más pequeñas unidas a la grande para que haga funciones de puerto porque ya no cabe todo en el muelle. Además, continuó Jordi, leí en el periódico que Indonesia ya no les vendería más tierra para ampliar el país. Por lo visto Singapur había comprado tanta tierra que había desaparecido una isla indonesia. Al oír esto mi cabeza no dejaba de decir que el país parecía de ciencia ficción. Chiara matizó, otra isla es Sentosa. Oh, sí, Sentosa Island, deberías ir, me dijo Jordi en tono gracioso que parecía de burla. Aunque no sé si te gustará. ¿Qué es?, pregunté intrigado mientras me comía uno de los vegetales Morning Glory (ya me había comido el delicioso pescado). Bueno, en realidad es una isla natural con “algunos” retoques. Supongo que la habrán ampliado también, dije. Claro, como todo aquí. Es una isla importante desde sus orígenes, de hecho controlaba el paso de los buques de la época y de los piratas de la zona. Si te gusta las vegas, con una mezcla de Disney World, pero todo eso en una playa, entonces te encantará, dijo Chiara riéndose casi a carcajadas. Luego rectificó: En realidad debes verlo, es muy curioso. Y siguieron las risas.

Después de comer todos aquellos manjares de la comida singapurense, me tomé el antiinflamatorio que me tocaba con lo último que quedaba de agua de coco y decidimos que ya era hora de irnos de marcha (irnos de copas, de fiesta). Apenas eran las diez y media y ya estaban recogiendo todo. Así que nos iríamos Clarke Quay, Riverside Festival, al río de agua salada. Aunque es más largo y nos desviamos un poco, vayamos por esta calle a buscar el coche, que quiero mostrarte algo, me dijo Jordi mientras me cogía del brazo para indicarme el camino. Sonó misterioso y máxime cuando hubo una mirada y unas risas de complicidad con Chiara. El caso es que las calles por las que íbamos en busca del coche se alejaba del barrio chino. Las reconocí. Estábamos en la frontera entre China Town y Little India. A lo lejos pude ver el templo multicolor hindú. Eran las calles secundarias por las que había estado huyendo de la multitud de televidentes que se agolpaban frente a los negocios. Espera un momento, no giraremos por esa esquina, ¿verdad?, les dije a ambos. Ya de día me daba escalofríos, no puedo imaginar cómo será por la noche. Rieron casi a carcajadas. Estás en Singapur, exclamaron casi al unísono. Más risas.

Se le considera el país más seguro de Asia y el segundo más seguro del mundo, sólo superado por Suiza. Está terminantemente prohibido la venta de armas y su tenencia (la venta de chicles también, aunque no su consumo. El gobierno alega que es muy caro despegar los chicles del suelo de las aceras. Lo creo, una vez leí en el periódico las máquinas que hay para eso y son sumamente caras). Los abusos sexuales están condenados con multas, trabajos para la comunidad, azotes con vara y afrenta pública. Aunque esto se llevaba a cabo en Singapur desde hacía mucho tiempo, no fue hasta 1995 cuando se hacía público a través de la televisión. Antes se publicaban en los periódicos las fotografías con los nombres de los delincuentes y unos dibujos que mostraban sus delitos. El abuso sexual fue un problema desde siempre. En la década de los 50 y 60 el país había degenerado tanto que un porcentaje muy alto de mujeres sufrían más de una violación durante su vida. La mayoría de los marineros traficaban con casi cualquier cosa y lo vendían a los lugareños. La fantasía de que el país sería invadido por los países vecinos, por su condición de punto estratégico en los primeros años de independencia, fue cogiendo más fuerza y realidad a medida que se desarrollaba la nación. El país no se salva de las acusaciones de Amnistía Internacional por no respetar los derechos humanos. Los homicidios, las violaciones, secuestros, algunos delitos con armas de fuego, tráfico de drogas (más de 15 gramos de heroína o morfina, 30 gramos de cocaína o 500 gramos de cannabis) y traición a la patria (que puede entenderse como espionaje o corrupción por parte de los funcionarios públicos, incluidos agentes de las fuerzas de seguridad y políticos) están penados con la pena capital. Los delitos menores son castigados con fuertes multas, con servicios para la comunidad con uniformes distintivos. Así consiguen la afrenta pública y la vergüenza, que para la cultura asiática es la peor condena. De hecho no sólo se condena con este método al que cometió la falta, sino también a toda su familia por la vergüenza de tener a un delincuente en ella. El peso del qué dirán es una forma efectiva para controlar a la población. Y además, también lleva castigo con una vara. Depende de la edad, menores de 50, se les castiga con una de ratán. Para los menores de edad que están en reformatorios se utilizan varas menos pesadas. Hay diferentes castigos con vara en la escuela y hasta en la fuerzas militares en los casos de delitos.

Sí, giraremos la esquina, no te preocupes. Confié en lo que me decía Jordi. Al fin y al cabo él vivía aquí, nada nos pasaría. Enseguida reconocí la calle por los contenedores de basura con sus tapas, pero sólo por eso. La calle estaba iluminada con luces rojas. Había mujeres indias y algunas achinadas también, pero que parecían filipinas, esperando sentadas sobre taburetes plásticos y con las espaldas apoyadas en el quicio de la puerta o en la pared de la casa. Las maderas que vi durante mi paseo diurno sobre la paredes y cerca de las puertas a modo de estantería, eran para colocar las luces rojas, que iluminaban la calle que estaban conectadas a un cable que venía de dentro de la casa. Al lado de la bombilla velas y velones encendidos y dioses hindúes para que protegiesen el negocio. En la calle multitud de hombres caminando y saludando o hablando con las mujeres. Como verás, la prostitución está controlada y permitida, dijo Jordi. Pero dile el porqué, matizó Chiara. Ah, sí, el gobierno alega que hay muchos trabajadores temporales en obras que luego no se quedarán a vivir en el país. Trabajadores que suelen ser indios o hindúes, como quieras llamarlos, que vienen a trabajar a las obras como peones y que no se quedarán por más de dos años. Una vez finalizadas la, o las obras, con un máximo de dos años, se tienen que ir del país. No pueden trabajar en otra cosa, ni en otras obras, sólo para aquellas que el visado les permite. Si consiguen otro trabajo antes de finalizar los dos años, tendrán que volver a su país y volver a sacar un visado para ese nuevo trabajo. Supongo que quedarse en el país ilegal es casi imposible, es tan pequeño que tarde o temprano te pillarán, ¿no es así?, le pregunté a los dos. Acertaste, dijo Chiara. En fin, que el gobierno alega que como estos trabajadores no tienen a sus mujeres en el país, ni se buscarán novias o mujeres porque están de paso, debe haber prostitutas para evitar violaciones. Atención, también lo dice por los hombres de negocio que están aquí. Reímos, porque sabía que el comentario de Jordi iba dirigido a mí.